Todos los búfalos estaban agrupados, y Hokuko presidía la reunión... Estaban echados, sin rumiar siquiera, atentos a los pensamientos que emanaban de la mente de Hokuko, el cual resplandecía levemente, mientras el sol se escondía tras el horizonte.
La mirada del búfalo era firme, y el brillo que antaño aparecía de vez en cuando, ahora era permanente; Hokuko hablaba, como los búfalos hacen, con pequeños gruñidos, o con estruendosos bramidos, pero eso tan solo para el oído humano, ya que sus mentes estaban conectadas telepáticamente.
"Cuando busquéis en vuestro interior, no veáis solo una consciencia animal, ya que no somos solo eso, y aunque por Ley Divina tenemos un alma grupal, podemos trascender nuestra condición y evolucionar rápidamente si unimos nuestras consciencias"... "Se nos ha dado una gran oportunidad, ¡es la hora de trascender!"... "Un gran hombre me ha dado un regalo maravilloso, y yo os lo doy a vosotros, recibidlo con Amor."
Los búfalos se levantaron pesadamente y se fueron con las ultimas luces a su lugar de descanso, dejando solo a Hokuko; este se levanto con una gracilidad tal que parecía flotar, dirigiéndose por el tan conocido camino hacia la cueva, ultima morada del monje, pudiendo ver todos los obstáculos, ya que sus sentidos se hallaban tan desarrollados que podía ver en la oscuridad sin problemas.
Entro en la cueva, y allí lo esperaba el espíritu del monje, ya visible para Hokuko desde hacia tiempo; el búfalo se acerco a los pocos trozos de huesos que quedaban, no habiendo aun comenzado con el cráneo; no dudando un instante, levanto su pata derecha y lo aplasto, fracturándose en varios trozos, comenzando a lamer entonces la parte interna de los mismos.
"¡Hokuko !, ¿quien eres tu?", le dijo por enésima vez el espíritu del monje al animal...
Una ligera brisa se formo en ese instante, moviendo las ramitas que habían sido llevadas a la cueva por el viento del norte, levantándose un fino polvo mezcla de tierra y huesos, subiendo el búfalo su cabeza lentamente y mirando al monje con Amor, momento en que le respondió: "Yo Soy el que Soy, Hijo del Sol, pertenezco a las primeras estirpes de almas creadas por la Blanca Luz, cimentador de energías, carne y sangre dispuestas para servir al ser humano, mas ahora se que me sirvo a mi mismo, transformando mi ser en luz, conociendo, aprendiendo, preparándome para una gran misión, sabiendo que a través del sacrificio de unos pocos, muchos se elevaran espiritualmente, así como que nuestras esencias se transformaran en un alma humana, escalando un peldaño en la evolución."
El espíritu del monje, brillando intensamente en un aura azul eléctrico, elevo sus brazos al infinito diciendo: "¡He aquí al siervo buscado!, ¡He aquí al libertador!, ¡que tu misión sea fértil y que tu decisión sea firme!... ¡Adiós Hokuko!, mi misión aquí ha terminado, me voy a otros niveles donde seguir aprendiendo y ser de ayuda al que lo necesite... ¡Disfruta intensamente de tu ultima representación!"
Como humo que se lleva el viento, así se fue difuminando la figura del monje, siempre con su eterna sonrisa, sabiendo Hokuko que no lo vería mas en esta vida, mas estando seguro de que se volverían a ver cuando el fuera solo esencia, cuando saliera de este mundo material.
Paso el tiempo, las hojas cayeron, la nieve se derritió y, lentamente, la naturaleza comenzó a desperezarse, apareciendo flores aquí y allá, reverdeciéndose las laderas y las montañas, formándose riachuelos que venían de lo lejos; Hokuko tuvo conciencia de la efervescencia que bullía por todo su alrededor, tomando una decisión importante: ¡dejaría algo de el, de su carne y sangre, en este mundo!, ¡deseaba tener un hijo!
Entre los búfalos que lo seguían había machos y hembras, y todos los años, en la época del celo, se veían los rituales del apareamiento; mas Hokuko tenia su elegida y, a un pensamiento suyo, evocando su imagen, observo como esta se levanto del lugar donde estaba rumiando y se acerco hasta el; "Es el momento preciso", le dijo, "concebirás a mi hijo en este mismo instante, y luego te iras lejos, hacia las montañas plateadas; cuando nazca, le hablaras de mi y, al paso de los años, volverás con el a este lugar, llevándolo hasta el monasterio, que será vuestro hogar hasta el fin de tus días; ahora, ¡sígueme!"
Ambos fueron por el camino tan conocido por Hokuko y se dirigieron hasta la cueva, lugar elegido por el para fecundarla... El tiempo pareció detenerse, llenándose toda la estancia de una luminosidad dorada, sintiéndose una sensación cálida en el ambiente, quedando ambos envueltos en un sopor cada vez mas intenso que los hizo dormir en un instante...
Dicen que la magia es difícil de alcanzar si tus energías no están alineadas con la Fuerza Suprema, ya que si existe en tu ser tan solo un átomo de "oscuridad", no podrás acceder fácilmente y de forma armoniosa a ella (aquellos que acceden a las fuerzas mágicas que nos rodean a la fuerza, utilizando las artes del Sendero Oscuro, corrompen su esencia y anulan todo el bien y la armoniza que posee), por lo que la pureza de las almas que estaban en aquella cueva hizo el milagro: ¡la luz dorada penetro a Hokuko extrayendo su semilla para luego depositarla en el cuerpo de la hembra, quedando esta fecundada al instante, viéndose un sutil hilo de luz que salía de ella y que se perdía en las alturas!, ¡una nueva alma estaba preparada para encarnar!, ¡y no era un alma grupal perteneciente a los búfalos!, ¡era un ser luminoso!, ¡era... el monje!
Hokuko vio a la hembra alejarse lentamente ladera abajo, despidiéndola mentalmente y teniendo la certeza de que su interior había cambiado, no tan solo por lo que llevaba en su vientre, sino por la luz que había en su mirada... Soltó entonces un bramido tan potente que su eco resonó por todas partes, siendo una llamada para el resto de búfalos, que se fueron reuniendo con el poco a poco. ¡La hora había llegado!
El monasterio era un revuelo general: los monjes jóvenes corrían de un lado para otro, unos encendiendo lámparas, otros purificando las estancias con sándalos aromáticos, y los mas ancianos permanecían juntos, deliberando si la decisión tomada por el mas anciano de todos ellos era la correcta... En ese instante apareció el monje, dirigiéndose todos hacia el con una inclinación, hablando con el de esta manera: "Venerable, todo esta siendo preparado como mandasteis, mas nosotros, desde nuestra mas humilde opinión, creemos que es un sacrilegio a nuestros principios lo que vamos a hacer... ¡matar a seres vivos!, ¡comer su carne!... ¡Nunca nos lo perdonaran nuestros hermanos!"
El anciano monje los miro fijamente, mas una ligera sonrisa apareció en su adusto semblante: "hace tiempo, cuando entre en este monasterio a la edad de cinco años, tuve como maestro a un monje muy particular; era muy anciano y desapareció misteriosamente cuando yo cumplí los siete, dejando un legado valiosísimo para todos nosotros, siendo la base de todas las enseñanzas que recibisteis y que vosotros dais a los jóvenes monjes; las ultimas palabras que pronuncio eran una profecía, y casi nadie se acuerda de ella, ni de los oscuros escritos que dejo antes de partir..."
Los monjes se miraron unos a otros, ellos no tenían constancia de profecía alguna, y menos de aquel monje... ¡Mas si el Venerable lo decía...! "¿Y que dice la profecía Amado Padre?", pregunto el monje mas atrevido, a lo que este respondió, como si recitara para si mismo: "y un día volveré, bajo otra apariencia, y me reconoceréis solo vosotros, pero no antes del gran sacrificio, que otros harán para propiciar mi venida, y que vosotros haréis para trascender este mundo material."
El Venerable callo entonces y, pausadamente, dijo: "reunid a todos los monjes jóvenes y llevadlos al templo que esta en las cercanías del monasterio, donde pacen los búfalos, y esperad mi llegada... Allí les haré saber lo que va a ocurrir, y les daré la libertad de elegir si aceptan seguir adelante o si deciden irse, ¡y lo mismo va por vosotros!"
Hokuko estaba reunido con todos los búfalos, ellos lo siguieron incondicionalmente, ¡y asi seria hasta el final!... "Preparaos mis amados hermanos, porque hoy vamos a dejar este cuerpo y a tomar otro, saldremos de esta realidad como muchos y entraremos en la otra como uno, ¡con un alma humana!..."
El ascenso a la montaña fue difícil pues los pasos y caminos estaban hechos para personas y para animales pequeños, no para enormes búfalos pesados, por lo que tardaron en alcanzar el saliente rocoso que Hokuko había visto en visiones; la altura era considerable, y las rocas en forma de sierra que había en el fondo eran mortales de necesidad... Allí se agruparon todos, comenzando a bramar con tal intensidad que parecía como si el cielo azul se estuviera abriendo para recibirlos, y que la maravilla que iba a acontecer nunca mas se fuera a ver.
"... Y por tanto, aquellos de vosotros, hijos amados, que no queráis venir conmigo y llegar hasta el final, sois libres de iros ahora, de volver a vuestras casas, sabiendo que siempre estaremos en vuestros corazones y...", la voz del Venerable se detuvo, y todos miraron hacia las montañas, desde donde se escuchaba un sonido atronador, subiendo y bajando, como un coro de tenores, con una melodía repetitiva y atrayente... "¿Que es eso Venerable?, ¿Acaso es un aviso para que no sigamos adelante?, ¡dinos!"... "¡No!, amados míos, ¡esa es la señal!"
Fin de la tercera parte.



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