¡Ah!, ¡el libre albedrío!. Esa capacidad tan solo humana (los animales no la poseen) por la cual se pueden tomar decisiones de cualquier tipo ante una situación dada. Caer en las profundidades de un abismo o subir hasta tocar las cimas mas altas del espíritu. Mas, ¿realmente somos libres de elegir?, ¿no estamos tan condicionados por la familia, la educación, los amigos, el trabajo o hasta por el gobierno que, poder actuar libremente, es casi una utopía?
Justus, el lacayo, tenia grabada a fuego en su mente las palabras del anciano Fray Vincenzo y no las dejaba de oír repetitivamente en su cabeza: "Si, su majestad, conocí a vuestro padre el rey, y si vuestros padres aun viviesen podrían dar fe de ello... Pero no es así"
Era un martirio constante, y se estaba formando en su mente una idea que cobraba forma a marchas forzadas: "fuiste tu, Justus, el que trajiste aquí al fraile, casi el culpable de que lo mataran, y tienes que ser tu el que lo saque de este embrollo." Recordaba como, a escondidas de todo el mundo, el fraile le enseño a leer y a escribir, el fue quien le mostró aquellos pergaminos llenos de dibujos donde se mostraban los pueblos y ciudades, los reinos y países cercanos al suyo, recordando su sorpresa al ver la vastedad de territorios en comparación con el lugar donde vivía...
¡Cuanta maravilla!, ¡y el fraile le decía que, si lo deseaba fervientemente, podía hacer lo que el quisiera, ir a cualquier parte! Mas, cuando fue un muchacho, se decidió por la comodidad y la seguridad, aconsejado por sus padres y amigos; "¿a donde vas a ir Justus?", le decían, "de aventureros están llenas las fosas comunes a lo largo del camino"; y el miedo a lo desconocido pudo mas que su ansia de conocimiento...
El rey no daba crédito a lo acontecido: ¡Fray Vincenzo!, ¡su mentor!, ¡el sabio consejero de su padre!, ¡y estaba aquí! El le decía cuando era joven, que las cosas no ocurren por casualidad, que todo ocurre por un motivo, por una causa, y que siempre encontramos una enseñanza de todo ello... ¿Que tenia que aprender?, ¿acaso le faltaba algo que saber?, ¡eso era imposible!, ¡era el REY! Vaya, otra vez estaba comportándose como un niño, esa actitud no era algo que le molestara, a fin de cuentas, ¡quien le iba a llevar la contraria al rey! Mas, su ser interior estaba rebosante de preguntas, deseaba saber, ¿y acaso todas esas dudas las podría resolver el fraile?
Un ensombrecido cardenal Leopold caminaba ansioso por su refectorio, no dejando de pensar en como poner en entredicho al supuesto fraile, ¡si es que lo era! Y si lo era, ¿como haría para que lo juzgara un tribunal eclesiástico donde el fuera quien pudiera manejar los hilos? En esa disquisición estaba cuando llamaron a la puerta: "¡Excelencia!, a venido a veros el duque de Etréum, ¿lo hago pasar?"
Un descansado Fray Vincenzo comenzaba a abrir los ojos después de unos días tan ajetreados; se levanto de la cama y se calzo las zapatillas, mirando su camisón de dormir blanco y reluciente, y se acerco a la mesa con comida y bebida que estaba dispuesta a la entrada de la habitación; tomo unos frutos secos y una hogaza de pan y puso sus manos encima de ellos, sin tocarlos, repitiendo una oración en voz baja... Una extraña luz se irradio de sus manos hacia los alimentos, uniendo después sus manos en acción de gracias y disponiéndose entonces a desayunar. Pensó entonces: "gracias Señor, os doy gracias por la fortaleza que me habéis dado para seguir adelante con vuestro plan, con esta misión que me habéis encomendado; falta poco para que llegue el momento de la Revelación, para que lo que va a acontecer se cumpla; dadme pues el don de la palabra para decir lo justo y necesario, a quien tenga que oírlo, y en el momento oportuno."
Termino de desayunar y se vistió con una túnica parecida a la suya, aunque embellecida con adornos y galanuras, y tomo en sus manos el bastón que le habían confiscado los inquisidores, en la creencia de que tuviera algún poder... ¡Y cuan cerca estaban de la realidad!, ¡no podían ni imaginar en cuantas ceremonias lo había acompañado!, ¡por cuantos templos de saber había pasado!, ¡las unciones de aceites mágicos que había recibido!
El fraile salió de su estado meditativo cuando tocaron en la puerta, abriéndose esta y entrando una joven doncella que, tras una ligera inclinación de cabeza, le anuncio: "señor, el rey desearía veros en su biblioteca, así que cuando estéis dispuesto, abrid la puerta y el guardia real que custodia vuestro cuarto os acompañara a su presencia." Fray Vincenzo pensó: "¡A llegado el momento para las Revelaciones!"
Fin de la 4ª parte.
Justus, el lacayo, tenia grabada a fuego en su mente las palabras del anciano Fray Vincenzo y no las dejaba de oír repetitivamente en su cabeza: "Si, su majestad, conocí a vuestro padre el rey, y si vuestros padres aun viviesen podrían dar fe de ello... Pero no es así"
Era un martirio constante, y se estaba formando en su mente una idea que cobraba forma a marchas forzadas: "fuiste tu, Justus, el que trajiste aquí al fraile, casi el culpable de que lo mataran, y tienes que ser tu el que lo saque de este embrollo." Recordaba como, a escondidas de todo el mundo, el fraile le enseño a leer y a escribir, el fue quien le mostró aquellos pergaminos llenos de dibujos donde se mostraban los pueblos y ciudades, los reinos y países cercanos al suyo, recordando su sorpresa al ver la vastedad de territorios en comparación con el lugar donde vivía...
¡Cuanta maravilla!, ¡y el fraile le decía que, si lo deseaba fervientemente, podía hacer lo que el quisiera, ir a cualquier parte! Mas, cuando fue un muchacho, se decidió por la comodidad y la seguridad, aconsejado por sus padres y amigos; "¿a donde vas a ir Justus?", le decían, "de aventureros están llenas las fosas comunes a lo largo del camino"; y el miedo a lo desconocido pudo mas que su ansia de conocimiento...
El rey no daba crédito a lo acontecido: ¡Fray Vincenzo!, ¡su mentor!, ¡el sabio consejero de su padre!, ¡y estaba aquí! El le decía cuando era joven, que las cosas no ocurren por casualidad, que todo ocurre por un motivo, por una causa, y que siempre encontramos una enseñanza de todo ello... ¿Que tenia que aprender?, ¿acaso le faltaba algo que saber?, ¡eso era imposible!, ¡era el REY! Vaya, otra vez estaba comportándose como un niño, esa actitud no era algo que le molestara, a fin de cuentas, ¡quien le iba a llevar la contraria al rey! Mas, su ser interior estaba rebosante de preguntas, deseaba saber, ¿y acaso todas esas dudas las podría resolver el fraile?
Un ensombrecido cardenal Leopold caminaba ansioso por su refectorio, no dejando de pensar en como poner en entredicho al supuesto fraile, ¡si es que lo era! Y si lo era, ¿como haría para que lo juzgara un tribunal eclesiástico donde el fuera quien pudiera manejar los hilos? En esa disquisición estaba cuando llamaron a la puerta: "¡Excelencia!, a venido a veros el duque de Etréum, ¿lo hago pasar?"
Un descansado Fray Vincenzo comenzaba a abrir los ojos después de unos días tan ajetreados; se levanto de la cama y se calzo las zapatillas, mirando su camisón de dormir blanco y reluciente, y se acerco a la mesa con comida y bebida que estaba dispuesta a la entrada de la habitación; tomo unos frutos secos y una hogaza de pan y puso sus manos encima de ellos, sin tocarlos, repitiendo una oración en voz baja... Una extraña luz se irradio de sus manos hacia los alimentos, uniendo después sus manos en acción de gracias y disponiéndose entonces a desayunar. Pensó entonces: "gracias Señor, os doy gracias por la fortaleza que me habéis dado para seguir adelante con vuestro plan, con esta misión que me habéis encomendado; falta poco para que llegue el momento de la Revelación, para que lo que va a acontecer se cumpla; dadme pues el don de la palabra para decir lo justo y necesario, a quien tenga que oírlo, y en el momento oportuno."
Termino de desayunar y se vistió con una túnica parecida a la suya, aunque embellecida con adornos y galanuras, y tomo en sus manos el bastón que le habían confiscado los inquisidores, en la creencia de que tuviera algún poder... ¡Y cuan cerca estaban de la realidad!, ¡no podían ni imaginar en cuantas ceremonias lo había acompañado!, ¡por cuantos templos de saber había pasado!, ¡las unciones de aceites mágicos que había recibido!
El fraile salió de su estado meditativo cuando tocaron en la puerta, abriéndose esta y entrando una joven doncella que, tras una ligera inclinación de cabeza, le anuncio: "señor, el rey desearía veros en su biblioteca, así que cuando estéis dispuesto, abrid la puerta y el guardia real que custodia vuestro cuarto os acompañara a su presencia." Fray Vincenzo pensó: "¡A llegado el momento para las Revelaciones!"
Fin de la 4ª parte.



No hay comentarios:
Publicar un comentario