El rey y el lacayo (5ª y ultima parte)


Comenzó a llover, y el agua fue purificando todas las casas de la corte, el palacio del rey y el torreón donde estaba situado el cuarto de Fray Vincenzo, el cual ya estaba dispuesto para ir a ver al rey; se acerco al balcón y miro a la lejanía: la mañana se presentaba gris y el horizonte casi ni se distinguía, comenzando a formarse pequeños riachuelos a medida que la lluvia arreciaba con mas intensidad... ¡Era un presagio!, ¡una señal!

El guardia real lo acompaño hasta la biblioteca, anunciándole a un lacayo que el fraile ya estaba allí, saliendo presto al interior de la misma y volviendo nuevamente para indicarle a Fray Vincenzo que lo acompañara; "¿Os acordáis de esta biblioteca?", dijo el rey, "esta prácticamente igual a como la dejasteis vos, hace ya muchos años"; el rey lo miraba complacido, reconociendo los beneficios del descanso y la buena alimentación... Era el mismo, si, reconocía sus ojos, su expresión, ¡no cabía duda!

"Majestad", comenzó a decir el fraile, "mucho tiempo ha pasado desde la ultima vez que nos vimos, cuando aun erais un muchacho que comenzaba a practicar con arcos, espadas y lanzas..., que se subía a un caballo con dificultad, pero con valentía..., que soñaba con la conquista de otros reinos. Mas doy gracias al Señor de que vuestros sueños se quedaran solo en eso, y de que vuestras habilidades como guerrero solo tuviesen salida en deportes donde demostrar vuestra destreza y resistencia física."

El rey lo miro fijamente, y no vio malicia en sus palabras, sino bondad y cariño, como el de un padre por su hijo al ver que ha tomado el camino correcto en su vida. "Si, Fray Vincenzo, me di cuenta a tiempo, gracias a vuestros consejos y guía, y no quise oír otras voces de militares y estrategas que me incitaban a la guerra, a la conquista de nuevos territorios; fueron inspiradoras aquellas lecturas relacionadas con la vida de los Cesares en Roma, y de las intrigas y disputas internas que se produjeron a lo largo de su historia."

Un prolongado silencio sucedió entonces, como si una nave misteriosa surcara por unos mares profundos y desconocidos, dejando que la magia apareciera de repente. El fraile estaba alerta, y su ser interior estaba presto a crear, desafiando los conocimientos del rey: "Majestad, ¡vos confiáis en mi!", dijo Fray Vincenzo como en una suplica... "Si, mi querido mentor, mi buen fraile... Aunque pasaran cien años sin veros... ¡confío en vos!"

Fray Vincenzo tomo rápidamente las manos del rey, sin darle tiempo a reaccionar, ¡y la magia ocurrió!. Todo cambio de repente... La habitación ya no era tal, percibiéndose tan solo una neblina ligeramente azulada, donde ambos, rey y fraile, mas bien se intuían que se veían... "¿Donde estamos fraile?, ¿que magia es esta?, aun confío en vos pero... ¿que es este sitio?"

"Estamos en el no-tiempo, un lugar oculto en nuestro interior y que solo se alcanza tras años de meditación y de unión mística con el Creador; vais a ver una serie de cosas que han ocurrido desde que abandone este reino para descubrir otros reinos mas importantes que los que hay en este mundo. Prestad mucha atención y descubriréis en estas imágenes la respuesta a vuestras preguntas, a todas las dudas que tenéis."

En la mente de los dos, como si fuera una película, se sucedieron unas imágenes de tierras lejanas, en las que se veía a Fray Vincenzo entrando en templos dorados, donde monjes de pelo rapado y túnicas del color del azafrán le instruían sobre lo humano y lo divino; se veía al fraile en una cueva, a oscuras, sentado en meditativa posición, luchando mentalmente con sus sombras, formas vagas y etéreas, que lo atormentaban y querían buscar sus puntos débiles para volver a llevarlo a un punto de inconsciencia...

Las imágenes se sucedían en cadena, dando la sensación de que se percibía mas de lo que se veía, como si escondidas tras ellas estuviese toda una amplia gama de pensamientos, emociones y sensaciones; el rey percibió como Fray Vincenzo ascendía a una escarpada montaña, siguiendo hasta que llego a su cima y maravillándose con la escena: una especie de templo de "cristal" de color violeta apareció ante el, y según se acercaba se fueron abriendo sus puertas... Y el fraile entro y se cerraron las puertas tras el... Fue increíble... La sensación de música de campanas, de flautas y de coros celestiales fue notoria...

Y Fray Vincenzo salió del templo... Era otro, su cuerpo relucía y parecía que levitaba al llegar al borde de la montaña... En ese momento alzo las manos, empuñando su bastón con la mano derecha y, en un abrir y cerrar de ojos, ¡desapareció!, ¡se fue!. Las imágenes cambiaron nuevamente y se vio un desierto, iluminado por un sol ardiente, y al fondo unas pirámides, apareciendo de repente el fraile, ya convertido en un ser iluminado... Las enseñanzas que allí recibió le hablaban de la evolución humana, de los ciclos ascendentes y descendentes de la misma, así como del Plan Divino previsto para ella: la evolución del ser humano hasta convertirse en un ser de luz, en un ser de energía pura...

Y volvieron a percibir un nuevo escenario: el fraile hablaba con unos campesinos... Y estos salían de su poblado, y algunos se dirigían en direcciones distintas y hablaban con quien se encontraban: "¡en mi pueblo hay un alquimista famoso!, ¡da la felicidad!, ¡y gracias a una pócima y a unas palabras puedes conseguir lo que desees!" Y el rumor se propagaba... Llegando "mágicamente" a oídos de un lacayo, de Justus, el cual lo hizo llegar hasta el rey, el cual...

Fray Vincenzo soltó las manos del rey, saltando este hacia atrás, con una mueca de terror en su rostro: "¿Quien sois?, ¿un mensajero del Creador?, ¿acaso llega el fin del mundo?" El fraile lo miro compasivamente y sin articular palabra, hablándole directamente a su mente, le dijo: "sabed que el fin del mundo, de lo que conocemos actualmente, va a llegar muy pronto; mas han sucedido tantos fines del mundo conocido antes que ahora que, si no hubiesen ocurrido, todo se hubiera quedado como estaba; la vida es cambio, y sin cambio no hay evolución y... ¡ha llegado la hora!"

Un griterío inmenso se holló fuera del palacio, saliendo el rey a ver que pasaba, asomándose al ventanal que había en la biblioteca; lo que vio lo dejo pasmado: en el horizonte, allá a lo lejos, se veía como el cielo se teñía de rojo, y una especie de luz que dejaba tras de si una estela, se estaba acercando rápidamente...

"Una vez mas os lo pregunto, ¿confiáis en mi?", le dijo el fraile al rey, "¡si, si, creo en vos y en el Creador!"; cogiéndole la mano y levantando su bastón, fraile y rey desaparecieron... En el mismo instante, una gran bola de fuego, un meteorito de considerables dimensiones, chocaba contra la tierra, a no muchas leguas de la corte, volatilizando todo lo que encontraba a su paso...

Fray Vincenzo y el rey aparecieron en un lugar iluminado por antorchas, de pétreas paredes, mas acogedor y seguro. "¿Donde estamos?", pregunto el rey, "a salvo, y dispuestos para empezar un nuevo ciclo, ¡mirad!"... Al decir esto, se abrieron unas paredes laterales y el rey pudo ver como allí había gente, mucha gente, ¡vio a su mujer!, ¡a sus hijos!, y también reconoció a un hombre, con la mirada puesta en una inscripción que había en la pared, ¡era Justus, el lacayo!; se quedo atónito al leer lo que allí ponía: "Hijos de la Tierra, os damos una segunda oportunidad. Cread luz y amor en el nuevo mundo hacia el que os dirigís. Llamad a vuestro reino Nueva Camelot y dejad que la Luz entre en el. Sed felices y sabed que un día vuestro pueblo volverá a la Tierra, para enseñar lo que se puede conseguir al tocar la Luz."

El rey Arturo se volvió y vio a Fray Vincenzo, transfigurado, con su bastón en la mano... Era hora de avanzar, un nuevo mundo esperaba, y el amor que corría por todo su ser hizo que una lágrima brotara de sus ojos. "Gracias Señor, ¡esta vez lo vamos a conseguir!, ¡vamos a llegar hasta ti!, y que las generaciones venideras sepan que hubo un lugar llamado Camelot donde se sentaron las bases, las primeras piedras, de Tu Reino de Luz."

Epilogo:

Con el pasar de los años, multitud de leyendas y tradiciones hablaron del rey Arturo, de un mago llamado Merlín y de un reino llamado Camelot, envueltos todos en el misterio. Tal vez, un día no muy lejano, sepamos de sus descendientes, cuando este próximo el Fin de nuestros tiempos y veamos allá, en la lejanía, a un viejo con una larga túnica de color ocre, barba blanca, una bolsa en bandolera y un bastón alto en el que se apoya al caminar...

Fin.

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