Dicen los entendidos que el niño interior es capaz de recordar a la perfección todas aquellas cosas que en la mente del adulto son meros retazos, como fotos antiguas ya desdibujadas y tan gastadas que apenas se ven imágenes claras en la misma; por ello, es mas fácil que ese niño interior nos preste atención si lo engatusamos con sonidos, con olores, con juegos o con historias en forma de cuentos, saliendo así de su letargo y abriendo sus ojos con curiosidad y admiración.
El viejo alquimista, o sea, Fray Vincenzo, comenzó a canturrear una canción infantil con voz suave y delicada, parecida a la de un niño de ocho años: - "Un lacayo vino corriendo y una noticia le dio a otro lacayo, si los ponemos juntos, ¿cuantos lacayos son?...
- ¡DOOOS!... (En efecto, el juego se realizaba con los lacayos que estaban en la sala de estudios del príncipe, que participaban como fichas humanas).
- Otro lacayo vino corriendo y se puso al lado de los dos lacayos, si los sumamos... ¿cuantos lacayos son?...
- ¡TREEES!...
- Pero si el pequeño Justus viene corriendo y se pone al lado de los tres lacayos y, piénsatelo bien ahora, ¿cuantos lacayos son?...
- ¡CUAAATRO!...
- No, habéis fallado mi pequeño príncipe, no son cuatro, son tres.
- ¡Si!, ¡si!, he ganado, no me hagas trampas Fray Vincenzo, ya sabes que no me gusta que me engañes.
- No os engaño alteza, yo os pregunte por los lacayos que había, no por las personas que, efectivamente, son cuatro, por lo que si os hubiese preguntado cuantas personas había hubieseis acertado.
- ¿Acaso no es lo mismo?, Justus es hijo de lacayos, por lo que será también lacayo, es por eso que yo lo cuento como un lacayo mas.
- Eso puede o no ocurrir alteza, Justus decidirá lo que quiere ser mas adelante, vos no podéis decir lo que será de mayor, eso es condicionar su existencia..."
Nadie dijo nada, estaban como hipnotizados, prestando atención al ya aceptado como Fray Vincenzo, observando la cara de asombro del rey y como este asentía o negaba con la cabeza a cada nuevo giro de la historia.
"- Alteza, os propongo un nuevo juego mental: tenéis que clasificarme a todas las personas que aquí estamos, y vamos a empezar por el sexo... Aquí haaaay...
- Seis hombres y ninguna mujer, ¿verdad fraile?...
- Así es alteza, habéis acertado pero, ahora, mas difícil: decidme el grado, la profesión o el estatus de los que estamos aquí...
- A ver, hay un príncipe (yo), un fraile, tres lacayos y... a ver, ¿un niño?...
- Muy bien, otra vez ganasteis; ahora, ya que empezasteis vos, catalogadlos por edades...
- Eso es fácil: hay un anciano (vos), tres adultos y... esto... dos niños, incluyéndome a mi porque... además de príncipe... ¿soy un niño?
- Cierto alteza, a pesar de vuestro grado real, sois un niño. Pero, finalmente, si os pregunto cuantas personas hay en este cuarto, ¿que me responderíais?...
- ¡Hay seis personas!... ¡Pero yo sigo siendo el príncipe!... ¡Y este juego ya no me gusta! Me voy al jardín, adiós."
Se escucharon algunas risitas apagadas en la sala, rápidamente acalladas por la atenta mirada del rey, el cual estaba confundido por lo oído; todos los detalles, cada una de las palabras... ¡todo era cierto!... Y al recordar al niño orgulloso y respondón de su niñez comenzó a sonreír, a soltar pequeñas risitas, hasta que una marea de hilaridad broto de su interior y no pudo reprimir una carcajada... Y otra... Y otra mas, tan contagiosa que todos los cortesanos explotaron en risas estruendosas, imparables...
"¡Escuchad mi sentencia!", dijo el rey, callándose todo el mundo al instante... "Dadas las pruebas aportadas por este hombre, seré yo mismo quien lleve la investigación, por lo que dictamino que se le quiten las cadenas, se le asee y de ropas limpias, se le procure un cuarto cercano a mis aposentos donde tenga comida y bebida, y se traiga a mi presencia después de que descanse. Esta causa queda suspendida y ya daré mi veredicto cuando lo crea oportuno." El rey se levanto y todos se levantaron al unísono, inclinándose a su paso todos los presentes.
Nadie se dio cuenta de un pequeño hombrecillo, pegado a la pared mas oscura, que sollozaba sin parar, inconsolablemente: Justus, el lacayo, recordaba su infancia y las palabras del anciano fueron como lava ardiendo en su conciencia...
Fin de la 3ª parte.



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