El rey y el lacayo (2ª parte)


Quien puede decir lo que pasa por la mente de aquel que a tocado las cimas del espíritu en esta vida... Su silencio es expresivo, su mirada aclaradora, su sonrisa es una puerta al infinito...

El rey lo vio llegar: estaba encadenado de pies y manos, sus ropas eran harapos y se veían salpicaduras de sangre en ella, los pocos moretones que tenia en el rostro no ocultaban las heridas, golpes y quemaduras que había en su cuerpo, bajo su ropa...

"Vaya, mi querido cardenal Leopold, parece que vuestros inquisidores se han empleado a fondo", le dijo el rey al representante del poder divino en la tierra; "¿acaso temíais que ese anciano usara sus artes contra vosotros y se la queríais quitar a golpes?"

Ruborizado, el eclesiástico se dirigió así al rey: "Majestad, he usado la fuerza para que confesara lo que ha echo con todos los habitantes del pueblo, para que dijera que pactos demoníacos ha echo y que nos entregara la formula mágica de esa pócima y de esas palabras que hacen conseguir los deseos... Pero no a dicho nada, no a confesado... Por supuesto, todo lo que he echo a sido para entregaros a vos la formula, Majestad, ¡para vuestra mayor gloria!"

"Vaya, vaya", pensó el rey, "un religioso... Un hombre de Dios, tan interesado en conocer unos sortilegios malignos... ¿será que tiene algún tipo de interés personal en ello?, ¿acaso quiera conseguir mas cosas que las que por su cargo posee ya?"

En esa coyuntura estaba el rey cuando, de forma inesperada, se oyó una voz en el salón del reino: "Majestad... ¡quiero hablar!..." ¡Era el anciano alquimista! Su voz sonaba débil, sin fuerza, debido al maltrato recibido, mas una extraña energía cargo la atmósfera palaciega, impregno a todos los presentes.

Un soldado de la guardia real que estaba tras el anciano, celoso de su cargo, alzo su maza para golpearlo y hacerlo callar... "¡Detente soldado!", dijo el rey, "veamos que tiene que decir este pobre infeliz, ¡habla pues anciano!, ¡y mide tus palabras, pues según lo que digas, así dictare sentencia!, mas sabe ya que por los cargos imputados la única condena es la muerte, aunque dependiendo de lo que digas tu muerte será lenta y dolorosa, o rápida y aquí mismo, sin dilación."

Todos enmudecieron; las miradas se clavaron en el anciano, unas expectantes, otras interrogativas, mas las del cardenal Leopold y las del duque de Etreum eran las mas inquisitivas, pendientes de lo que pudiera desvelar públicamente.

"Un día, hace ya mucho tiempo", dijo el anciano, "llegue a vuestro reino, cuando aun vuestro padre reinaba y vos erais un niño; él era un hombre sabio y justo, y vine a presentarle mis respetos. Aquellos eran otros tiempos, y al saber que yo había viajado y estado en Oriente, quiso saber de la vida de otras gentes y culturas, de sus conocimientos y de lo que yo había aprendido de ellos..."

"¿Conociste a mi padre?", dijo sorprendido el rey, "¿es verdad lo que decís?, sabed que si es un engaño no tendré piedad y tendréis la tortura mas cruel y prolongada de mi reinado... Seguid pues..."

"Si, su majestad, lo conocí, y si vuestros padres aun viviesen podrían dar fe de ello... Pero no es así, por lo que seguiré con mi relato y vos decidiréis lo verdadero o falso del mismo... Un día, le hable a vuestro padre de los descubrimientos que había echo en el transcurso de mi vida, y a el le interesaron mis trabajos sobre la Alquimia, que no es una mala arte sino una forma de alcanzar a Dios...", el anciano miro al cardenal Leopold, mas este ni siquiera le respondió con la mirada sabedor de que el rey no le quitaba el ojo de encima. "Le hable de mi ciencia y el quiso aprender, mas vuestra madre le pidió que no la estudiase, sabedora de los conflictos religiosos que podrían tener, ya que en aquellos años existía una relación difícil con los reinos vecinos, y ya habían rumores respecto al gobierno pacifico de vuestro padre, a su manera benevolente de tratar al pueblo, y de las luchas internas con los señores del reino, que siempre querían buscar algo para destronarlo, aunque acataron su forma de reinar hasta su muerte. Vos nunca me conocisteis como lo que ahora soy pero... ¡si conocisteis a Fray Vincenzo, su capellán personal!"

El rey dio un respingo en su trono... Fray Vincenzo, si, lo recordaba... Fue quien le enseño a amar las matemáticas, a descubrir las letras, a interesarse por los astros mirando a través del telescopio del fraile... Entonces, este hombre dice ser aquel fraile... ¡imposible! Ya era viejo en aquellos años... ¿Como es posible que aun siga vivo?... Tendría que tener mas de cien años... ¡Y aun se lo veía, pese a las magulladuras, un hombre fuerte y de pocas arrugas!... ¡Imposible!...

Fin de la 2ª parte.

No hay comentarios:

Mi lista de blogs