El búfalo que alcanzo el Tao: cuarta parte

Los bramidos cesaron, mirando los monjes a las lejanas formaciones rocosas que se veían en la distancia, no encontrando el lugar de procedencia de los mismos; mas, de entre todas las miradas, una se mantenía firme y segura, levantando el brazo hacia una parte concreta de las montañas... "¡Es la hora de enfrentarnos con nuestro destino!, ¡seguidme!", dijo el Venerable.

Todo acabo de una forma rápida para los búfalos, lanzándose al vacío uno detrás de otro; la agonía fue breve, ya que las afiladas rocas destrozaron órganos internos, fracturaron cráneos y rompieron columnas vertebrales, desencarnando casi al momento, pudiéndose ver unos a otros sus cuerpos de luz.

Hokuko se veía como una gran esfera de color dorado, de la cual salían una especie de rayos de color anaranjado, dirigiéndose estos hacia los cuerpos de luz de sus compañeros, como una especie de anclaje para que se mantuvieran cerca suyo; cuando todos sus compañeros estaban presentes, ¡la magia ocurrió!: la esencia de Hokuko comenzó a girar, lentamente al principio, para ir cogiendo velocidad según pasaba el tiempo, arrastrando a todas las demás esencias a su alrededor.

El camino era largo y el Venerable, junto con su comitiva, seguían avanzando lentamente mas de forma segura hacia su objetivo; los monjes ancianos portaban unos largos bastones que los ayudaban a sortear las irregularidades del terreno; los monjes mas jóvenes llevaban grandes cestos y utensilios para cortar la carne de los búfalos, viéndose en sus caras el miedo y la inseguridad ante lo que les esperaba.

A un nivel mas sutil, fuera del tiempo y el espacio, algo grandioso estaba ocurriendo: Hokuko seguía girando y ya había absorbido a todas las esencias de sus compañeros, formándose una especie de capullo que los mantenía a todos cohesionados; la imagen era similar a la que da la formación del gusano en mariposa, viéndose en ese capullo energético un cambio constante de color (desde el rojo mas oscuro hasta llegar al violeta), momento en el que se fue quedando de color blanco. Al llegar a este punto, la forma ahusada que se percibía comenzó a difuminase, como si fuera una neblina, dejando tras de si tan solo una pequeña esfera blanca, que se fue alejando en las alturas, elevándose a otros planos de conciencia... ¡Un alma humana había sido creada!

La repugnancia que se veía en la cara de los monjes era notoria mientras troceaban y cargaban la carne de los búfalos en los grandes cestos; salvo los monjes mas ancianos, todos los demás estaban manchados con la sangre de los animales, teniendo un aspecto ajeno a su condición religiosa. Lentamente, la tarde fue llegando, y la sangrienta comitiva se encamino de vuelta al monasterio, dejando atrás los restos descarnados de los animales: cabezas, vísceras y huesos, así como un pequeño riachuelo formado por la sangre y los coágulos de los búfalos, eso era lo único que quedaba.

Llegaron ya anochecido al monasterio, dando la orden el Venerable de que se cocinara la carne, añadiéndole verduras y plantas aromáticas de las que tenían en su despensa; al terminar de cocinarlas ya se podía ver por los grandes ventanales las primeras luces de la mañana, momento en que el Venerable los reunió a todos y les dijo las siguientes palabras: "Hoy a sido un día de sacrificios para todos, dejando de lado la meditación y el silencio por el esfuerzo físico y el miedo a pecar y a romper con todo lo establecido; mas este era nuestro destino, solamente nuestro, llegado desde un pasado lejano, escrito sin palabras y profetizado por mi Maestro, el monje al que todos le debemos el estar en este monasterio."

El Venerable hizo una pausa, rememorando la imagen de su anciano Maestro, manteniendo en su mente su eterna sonrisa, lo cual dio lugar a una afluencia masiva de energía amorosa a todo su ser... En ese instante, el Venerable se transfiguro, cayendo en un éxtasis espiritual, formándose a su alrededor una aureola de color azul eléctrico, volviendo a hablar pero con otra voz, mas suave y dulce, llena de un Amor y una Sabiduría increíbles: "Queridos hijos, se que estáis preocupados por todo lo ocurrido, pero estáis exentos de toda culpa, ya que no habéis matado a ningún ser vivo, y la carne que vais a comer esta bendecida desde las alturas, ya que a acontecido un milagro en el mundo espiritual y ahora acontecerá en este plano físico, aquí, ahora."

Una extraña fuerza elevo al Venerable unos centímetros del suelo, levitando y desplazándose hacia la cocina del Monasterio, siguiendo al mismo todos los demás monjes, llenos de un entusiasmo y una fe inmensa; al llegar a dicha estancia, el Venerable, transfigurado por una fuerza sobrenatural, levanto sus manos en acto de bendecir, dirigiéndolas hacia los grandes calderos con la carne cocinada, diciendo la siguiente oración: "Y del sacrificio de unos pocos, muchos obtendrán beneficio, y del Amor llegado de las alturas, todos saldrán ganando, que estos alimentos sean llenados por la luz divina, y que al ser ingeridos seáis bendecidos y transmutados, elevando vuestra energía hasta alcanzar la iluminación."

La aureola que brillaba alrededor del Venerable se fue difuminando lentamente, al igual que sus pies tocaron el suelo y despertó de su éxtasis, moviendo su cabeza, aun aturdido por lo ocurrido; era el momento para que todos repusieran fuerzas y para irse a asear y a descansar, por lo que los monjes jóvenes se sentaron y los ancianos fueron sirviéndoles a todos los demás, incluido el Venerable, como símbolo de fraternidad y humildad; al comer la carne no notaron nada inmediatamente, pero al paso de los minutos, comenzaron a sentir un hormigueo en su entrecejo, despertándose su tercer ojo, y viendo el aura de sus compañeros en toda su grandeza.

Esa jornada seria memorable, ocurriendo fenómenos curiosos, aun antes de irse a descansar; mas cuando todos estaban en sus aposentos, y sus cuerpos espirituales comenzaban a salir, una vez que los físicos entraban en la fase de sueño profundo, una fuerza invisible los fue reuniendo uno a uno ante una maravillosa explanada multicolor, pudiendo ver en la lejanía un templo de color violeta, al que fueron atraídos como un imán atrae a un trozo de metal...

Fin de la cuarta parte.

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