El búfalo que alcanzo el Tao: segunda parte


"¡Hokuko!, ¿que eres tu?". Una voz profunda mas, dulce a la vez, le hablo... "¿que eres tu?", volvió a repetir... "Soy un búfalo... Pero, ¿como puedo escuchar una voz si no hay nadie cerca?"

El susto fue mayúsculo, sobresaltándose el animal y haciendo que buscara infructuosamente en la oscuridad la procedencia de aquella voz. Entonces, de forma súbita, comenzó a formarse una silueta luminosa en un lateral de la cueva, dejando entrever la imagen de un monje: pelo rapado, túnica color azafrán, leve sonrisa en su faz y un gesto con sus manos a la altura de su pecho que llenaba toda la estancia de una energía especial.

La ligera luminosidad que irradiaba aquella presencia desvelo un secreto escondido por muchos años: ¡la osamenta del monje que allí vivió tiempo atrás estaba en el fondo de la cueva!, ¡y estaba prácticamente intacta!... "Si, mi amado Hokuko, ese fui yo cuando encarne en este plano material, y esta es mi presencia espiritual, deseosa de enseñar a aquel que entrara en esta cueva todo mi saber"

Y, nuevamente, volvió a preguntarle: "¿que eres tu?". Y este volvió a responderle: "ya te lo dije, ¡soy un búfalo!." La mirada del monje seguia siendo luminosa y llena de bondad, pero le dijo a Hokuko: "todos los días vendrás aquí, y te comerás mis restos, los machacaras con tus pezuñas y lamerás el polvo de mis huesos; después iras a beber agua, sentándote al lado del pequeño templo y sentirás la nueva fuerza que entrara en ti; no rechaces el cambio, aunque sea doloroso; ¡acéptalo!. Cuando pase un tiempo, volveré a preguntarte lo que eres, y esperare pacientemente a que me des la respuesta correcta"

Todos sabemos que la consciencia animal no entiende del bien y del mal, solo actúa por instinto y por pautas diríamos que de tipo genético, por lo que el búfalo Hokuko no supo que hacer con todo lo acontecido, entrándole un extraño sopor que fue apagando lentamente todos sus sistemas de vigilia y callo en un profundo sueño. Nadie sabe con certeza si los animales tienen sueños como los humanos pero, ¡Hokuko soñó!, y en su sueño se vio volando por encima de valles y montañas, dejando atrás a sus hermanos los búfalos, y a los monjes del templo; se vio viajando velozmente hacia una luz dorada que se formaba en el oscuro cielo estrellado, entrando en ella y...

La luz del día comenzó a entrar en la cueva, poniéndose en marcha el reloj biológico del búfalo, el cual se levanto pesadamente; súbitamente, sintió ganas de comer, miro los huesos que allí estaban y, acercándose, comenzó a lamerlos; partió con sus patas una de las tibias del esqueleto, fracturándose en varios fragmentos, dedicándose a lamer el tuétano y a llevarse a la boca algún trozo que comenzó a rumiar, aunque mas bien parecía que fuera chupando el hueso dentro de su boca, hasta que este se deshacía y se lo tragaba; de los rumiantes se sabe que básicamente comen pasto, por lo que este era un caso especial.

Una vez harto de tan extraña comida, salio de la cueva y se fue por el camino inverso al que había seguido la noche anterior, volviendo a ver el paisaje conocido desde hacia años, a sus hermanos los búfalos, y al pequeño templo cercano a ellos; bebió agua de un estanque y se recostó al lado del templo, mordisqueando algunas yerbas que por allí había.

¿Cómo saber si un animal tiene pensamientos conscientes y encadenados?, ¿cómo percibir si la atención que nos presta, su mirada escrutadora, sus movimientos corporales de aversión o de reconocimiento, son debidos a una memoria mínima o a un proceso de actividad consciente?

Nunca se pudo saber como, de repente, este búfalo comenzó a percibir su entorno de otra manera, parándose a observar su alrededor, curioseando con sus grandes ojos todo lo que se movía: a sus hermanos, a los monjes que los cuidaban, a las aves que pasaban volando cerca suyo, gustándole además mirar las formas y figuras, los símbolos y colores que estaban en el templo; un día, Hokuko se encamino hacia las puertas del monasterio, quedándose atónito con su grandeza, acurrucándose al costado de sus muros y poniéndose a bramar en un tono grave y profundo que mas bien se parecía a un canto o a un instrumento musical de viento; los monjes salieron a ver que ocurría, observando como el búfalo seguía con su extraño canto, alargando el bramido unas veces y acortándolo otras.

Tal era el revuelo que se había formado que hasta el mas anciano de los monjes se acerco a ver lo que pasaba, ocurriendo entonces una de las tantas maravillas que a partir de ese día iban a acontecer: Hokuko el búfalo estaba bramando, y al ver llegar al anciano monje, dejo de emitir sonidos, se levanto, y acercándose a el, agacho su cabeza y extendió una de sus patas hacia delante, estando así un buen rato. Levanto nuevamente la cabeza y, tras sacudirla, sus ojos perdieron el brillo que hasta ahora tenían y volvió a dirigirse hacia donde estaban sus hermanos, dejando atrás a los atónitos monjes, que no salían de su asombro; mas, el mas anciano, recordó una profecía escrita en los libros del monasterio: “Y volveré bajo otra forma, y no me reconoceréis, y mis discipulos serán sacrificados, y su muerte será vida para todos vosotros.”

Mientras el pesado búfalo se contoneaba camino del pequeño templo, siguiéndolo con la mirada, un adusto monje tomaba una decisión que seria la mas importante de su vida, así como el origen del cambio de vida de todos los integrantes del monasterio…
Fin de la segunda parte.

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