En la antigua China, cerca de un monasterio budista, pastaban placidamente un grupo de búfalos que habían sido donados al monasterio por un viejo mercader que había pasado los últimos años de su vida en el mismo, y que los dejo a cargo de los monjes, que aun no pudiendo comer su carne, ya que respetaban la vida de todos los seres vivos, usaban sus excrementos secos como combustible, y a los mas fuertes y jóvenes como animales de carga.
De entre todos los búfalos, había uno que se distinguía de todos los demás: era enorme, de pezuñas fuertes y cornamenta imponente, mas de carácter noble y sereno; y aunque no era muy viejo, aparentaba ser mayor que sus otros congéneres de la misma edad.
Solía separarse del resto de sus compañeros y se paseaba por las cercanías de un pequeño templo, casi como un altar al aire libre, que servia a los monjes para meditar en los momentos en que salían a mendicar su sustento semanal. El búfalo, al que llamaremos Hokuko, se sentaba a rumiar al lado del templo, viendo pasar ante el, con sus grandes ojos, a todos los monjes que iban y venían.
Un buen día, cuando estaba rumiando, Hokuko tuvo un pensamiento fugaz, casi imperceptible, en su cerebro dedicado exclusivamente a los procesos fisiológicos vitales; una imagen se instalo en su mente, la de un Buda sonriente con los ojos cerrados que resplandecía desde lo mas profundo de su ser.
Detuvo la rumia un instante, adoptando una hierática postura, como si algo en su interior despertara de repente, volviendo a caer en el letargo una décima de segundo después; fue algo breve pero, sin saberlo Hokuko, su interior inicio un extraño camino que lo llevaría a la realización de su ser, a la consecución del Tao.
Cuando llego el atardecer se levanto lentamente, dirigiéndose hacia el resto de sus hermanos, ¡pero se detuvo de repente!, los miro extrañado y sintió como si un llamado interior lo desviara hacia otro lugar; sus grandes ojos miraron a un lado y a otro, divisando a su derecha, en lo alto de una loma, un extraño y fugaz destello, encaminándose hacia allí, con toda la lentitud y parsimonia que un búfalo pueda tener.
Hokuko, el búfalo, alcanzo su meta cuando los últimos rayos del sol daban paso a la negra noche, no habiendo vuelta atrás; antes de oscurecer del todo, distinguió una pared rocosa y una pequeña abertura en ella, suficiente para meter su corpachon y descansar en ella hasta que llegara el día y se volviera a reunir con sus compañeros. Mas, esa noche, no iba a ser como las demás noches de su vida, ¡todo lo conocido por Hokuko iba a desaparecer!
De entre todos los búfalos, había uno que se distinguía de todos los demás: era enorme, de pezuñas fuertes y cornamenta imponente, mas de carácter noble y sereno; y aunque no era muy viejo, aparentaba ser mayor que sus otros congéneres de la misma edad.
Solía separarse del resto de sus compañeros y se paseaba por las cercanías de un pequeño templo, casi como un altar al aire libre, que servia a los monjes para meditar en los momentos en que salían a mendicar su sustento semanal. El búfalo, al que llamaremos Hokuko, se sentaba a rumiar al lado del templo, viendo pasar ante el, con sus grandes ojos, a todos los monjes que iban y venían.
Un buen día, cuando estaba rumiando, Hokuko tuvo un pensamiento fugaz, casi imperceptible, en su cerebro dedicado exclusivamente a los procesos fisiológicos vitales; una imagen se instalo en su mente, la de un Buda sonriente con los ojos cerrados que resplandecía desde lo mas profundo de su ser.
Detuvo la rumia un instante, adoptando una hierática postura, como si algo en su interior despertara de repente, volviendo a caer en el letargo una décima de segundo después; fue algo breve pero, sin saberlo Hokuko, su interior inicio un extraño camino que lo llevaría a la realización de su ser, a la consecución del Tao.
Cuando llego el atardecer se levanto lentamente, dirigiéndose hacia el resto de sus hermanos, ¡pero se detuvo de repente!, los miro extrañado y sintió como si un llamado interior lo desviara hacia otro lugar; sus grandes ojos miraron a un lado y a otro, divisando a su derecha, en lo alto de una loma, un extraño y fugaz destello, encaminándose hacia allí, con toda la lentitud y parsimonia que un búfalo pueda tener.
Hokuko, el búfalo, alcanzo su meta cuando los últimos rayos del sol daban paso a la negra noche, no habiendo vuelta atrás; antes de oscurecer del todo, distinguió una pared rocosa y una pequeña abertura en ella, suficiente para meter su corpachon y descansar en ella hasta que llegara el día y se volviera a reunir con sus compañeros. Mas, esa noche, no iba a ser como las demás noches de su vida, ¡todo lo conocido por Hokuko iba a desaparecer!
Fin de la primera parte.



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